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Al contrario de lo que pensaban mis padres cuando yo no medía más de metro veinte, la televisión sí te puede enseñar cosas. Todo depende de la capacidad para aprovechar la información que te va arrojando sin contemplación hora tras hora y día tras día, como una catarata en la que cada gota puede reflejarse una molécula de nutriente o un sofoco de la imaginación.
Yo pienso que la tele me ha enseñado cosas, pero también se las ha enseñado a la sociedad. Sin ir más lejos, hay un serial de televisión americano basado en las peripecias de un doctor poco convencional que va con bastón a todos lados, que suele comportarse de manera antisocial y que se centra en los fines, no en los medios. Obviamente, es el bueno de la película y termina ganando (creo) en todos los capítulos. Hasta aquí no tengo ninguna objeción con respecto a la serie, puede que porque dejó de interesarme hace ya unas temporadas o porque no soy especialista en la materia que trata, por lo que no voy a criticarla: todo el mundo es libre de disfrutar de su tiempo haciendo lo que quiera.
Pero a raíz de la emisión y éxito de la serie, me he dado cuenta de unos cambios en la sociedad que me mantienen preocupado. Ahondando un poco más en el argumento, resulta que el doctor es especialista en diagnosticar enfermedades, por lo que en cada capítulo se enfrenta a 50 minutos de lucha contra las hipótesis que revolotean frente a la aparición de un caso raro de enfermedad. He llegado a escuchar algo así como que es el Sherlock Holmes de la medicina. Es muy interesante este hilo argumental, porque en la ciencia social solemos trabajar con hipótesis e hipótesis nulas para poder demostrar o refutar experimentos, basados sobre todo en estadística y probabilidad. La técnica mostrada es más experimental –o experiencial-, pero en la serie da el resultado deseado, al que le dedican los últimos cinco minutos del programa. Entiendo que por lo expresado hasta ahora no haya forma de demostrar que la tele me ha enseñado algo, pero prometo que tras esta extensa introducción se ubica una explicación y una aplicación del conocimiento adquirido.
Paso entonces a relatar los hechos: En no pocas ocasiones me estoy encontrando en el día a día de mi profesión (prevención de riesgos laborales) personas que alegan sufrir o conocen casos de mobbing. El mobbing es un tipo de maltrato psicológico que se da en el trabajo y que sobradamente definido a nivel jurídico, por lo que no caben diagnósticos fuera de esa definición (ya que cualquier variación sería susceptible de no ser aceptada como mobbing ante un juez). Entonces tenemos a una persona convencidísima de que está sufriendo mobbing y me dice que lo que tiene es mobbing. Es más, no admite matización alguna ni atiende a razones cuando le indico que lo que me está relatando, si lo aborda como mobbing en una demanda, tendrá pocas posibilidades de prosperar. Me encuentro en esos casos ante una situación muy extraña, en la que mi interlocutor o interlocutora prima más un diagnóstico que una solución a su situación. En los peores casos, ante mi insistencia en que es más útil abordar los problemas de otra manera, mostrando y valorando los beneficios obtenidos por una y otra vía, me indican que quieren que se les reconozca que están sufriendo mobbing.
Lo reconozco, me he acostumbrado a estas situaciones y las supero ya con relativa facilidad, pero me doy cuenta que la sociedad está cambiando y no quiere soluciones a los problemas, sólo quiere etiquetarlos.
Hoy me impulsó a escribir este artículo un comentario que escuché en el telediario matinal acerca de un crimen horrible: el doble asesinato de dos hermanos a manos de la pareja de su madre. Al margen de lo escabroso de los hechos, se me quedó grabada en la memoria la siguiente conclusión a la que llegaba la periodista: “este doble crimen no está calificado como violencia de género”.
El pensamiento que me recorrió el cerebro en ese instante fue: ¿por qué es tan importante que sea violencia de género? ¿Tiene diferentes niveles de atrocidad un crimen en función de si tiene o no una etiqueta determinada? ¿Hablaríamos de penas difderentes?
Nos viciamos con los análisis. Las estadísticas nos inundan con la información. Los datos y los nombres nos desbordan a todas horas. Necesitamos nombrar las cosas, pero esa necesidad se está transformando en vicio. Las cosas que ya están nombradas están sufriendo la anomia simplista de la sociedad. Si algo es un asesinato brutal, realmente no tiene ningún valor el estarle poniendo tal nombre o apellido. Si podemos solucionar una situación detestable, no cabe compensación en la calificación de la misma, sino en la actuación sobre ella.
A lo largo del año podemos hacer un suma y sigue de investigaciones o estudios de carácter “científico” que buscan dar una información “útil” a la sociedad. Podremos escuchar cosas tan útiles como que ellas prefieren a George Clooney y ellos a Penélope Cruz para tener una aventura (realmente una investigación interesantísima, oiga). Reconozco que en ocasiones la investigación científica requiere de un exceso de microanálisis que puede llegar a parecer absurdo, pero hasta en estos asuntos, sufragar un estudio de estas características, con personal trabajando para recopilar esos datos tan “interesantes” o “prácticos”
Díganle a un refugiado somalí que realmente están sufriendo de malnutrición en su país porque están sufriendo una de las peores sequías en años debido al efecto del cambio climático que el ser humano industrializado ha provocado y verán qué cara pone alguien que no quiere palabras, quiere soluciones.
Díganle a cualquiera que tiene un raro cáncer sin decirle cuál es la cura y verán en los ojos la importancia de un buen nombre dado a una enfermedad.
Díganle a una madre que la muerte de sus dos hijos a manos de su pareja es violencia de género y confirmen lo útil que es para ella esa información.
No debemos caer en la tentación de pensar que está todo hecho cuando identificamos y etiquetamos un problema. Tras esa etiqueta existe un mayor trabajo dedicado a solucionarlo. Thomas Edison decía que “el genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración”.
Los nombres nos permiten diferenciar las cosas que experimentamos, pero a veces el nombre de los árboles no nos permite disfrutar del bosque…
Al contrario de lo que pensaban mis padres cuando yo no medía más de metro veinte, la televisión sí te puede enseñar cosas. Todo depende de la capacidad para aprovechar la información que te va arrojando sin contemplación hora tras hora y día tras día, como una catarata en la que cada gota puede reflejarse una molécula de nutriente o un sofoco de la imaginación.
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